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Zenit: El amanecer


No importa dónde me halle... el olor siempre es el mismo, olor a acero caliente, olor a sangre caliente, rezumando, destilándose, filtrándose entre las piedras hacia una tierra que nunca más volverá a dar fruto, muerta, asesinada, desgarrada, violada en lo más profundo, una tierra que nunca merecerá el macabro regalo de los cadáveres que ahora la adornan, una tierra que grita, una tierra que grita un nombre... un nombre que sobrevuela los campos de batalla con alas de cuervo, ese nombre maldito, que sale en agónicos susurros de los labios resecos de los soldados que serán cadáveres antes del amanecer... ese nombre, brutal, doloroso de pronunciar, preñado de significados blasfemos... Zenit... En cualquier idioma, en cualquier reino, en cualquier mundo, hombres, mujeres, bestias, seres de luz y de oscuridad, altos espíritus y escoria de la podredumbre... todos pronuncian su nombre en el momento de morir, viendo la verdad por el rabillo del ojo, atisbando su esencia justo antes de expirar... Ese es su poder, esa es su ironía... el poder y la ironía de Zenit, la portadora del desastre, Zenit, la que trae el dolor, Zenit, la muerte, Zenit... la Guerra...

Zenit, como un ave de rapiña, saltando de un mundo a otro, infectándolos con su horrible esencia, enloqueciendo de rabia a sus habitantes, llevándolos a matarse los unos a los otros, a destrozarse, incitando a hermanos a matar hermanos, a padres a devorar hijos, a amantes a acuchillar los corazones de sus amados... Zenit, extendiendo sus alas negras sobre las tierras infinitas, bailando entre dimensiones, pisoteando lineas temporales, posibles futuros, pasados que no fueron... Zenit, el arma impía que llama a la guerra, nacida antes del tiempo, sin alma, sin ser, pero cargada de ira, ira infecciosa que envenena, que aturde los sentidos, que provoca muertes sin cuento... Zenit, atravesando el tiempo en su ansia destructora, danzando de un mundo a otro y dejando solares marchitos a sus pies, nunca satisfecha, siempre en movimiento...

Y yo dándole caza... Yo, que sobreviví a su influjo, que enloquecí casi ante sus atrocidades, yo, que me he jurado no morir hasta que Zenit no muera a mis manos... Yo, el Perseguidor, yo, el Cazador, yo, que a través de los siglos he alcanzado el poder absoluto, yo, eterno, yo, implacable... Llegará un día en que empuñe a Zenit, pero no para matar, sino para destruirla, para arrojarla al fuego, para mellar su hoja contra las rocas, para embotar su filo, para oxidarla con el poder de mil mareas... y entonces, ese día, todas las heridas serán restañadas, todos los duelos acabarán, no habrá más guerras, no habrá más muertes innecesarias, no habrá más niños llorando a sus padres en medio de un erial de cadáveres, ni más enamoradas limpiando con sus cabellos el rostro ensangrentado de un soldado... ese día, y solo ese día, podré morir."

Extracto del primer libro de los Cuadernos del Cazador
 

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